600 especies invasoras exóticas en Argentina



Ardillas, caracoles o ranas, ya hay más de 600 especies invasoras exóticas en el país  

Fecha de Publicación
: 09/11/2015
Fuente: Tiempo Argentino
Provincia/Región: Nacional


Un registro de la Secretaría de Medio Ambiente documentó 653, que llegaron en algún momento originando efectos irreversibles en los ecosistemas autóctonos y las economías regionales. Introducidas en el territorio de manera voluntaria o accidental, son animales y plantas con un gran poder de dispersión. Sin depredadores naturales, amenazan la biodiversidad nativa.
El castor en Tierra del Fuego, ardillas en Luján, ligustrina en las yungas de Jujuy, tamarindos en el sur de Mendoza, el caracol africano en Misiones. Todas estas especies tienen algo en común: “invadieron” en algún momento a nuestro país y originan efectos irreversibles en los ecosistemas autóctonos y en las economías locales. “En la Argentina hay más de 600 especies exóticas invasoras”, confirma el secretario de Ambiente de la Nación, Sergio Lorusso. Ya son la segunda causa de pérdida de biodiversidad, extinguiendo a nivel planetario el 39% de las especies.
Pueden ser animales, plantas, hongos, microorganismos. Los registros de la Argentina documentan la presencia de 653 especies exóticas colonizando ambientes naturales en las 18 ecorregiones del país. Desde luego, no todas las exóticas son invasoras. Cuando una especie introducida fuera de su área de distribución natural –de manera voluntaria o accidental– presenta una alta tasa de crecimiento y un gran poder de dispersión, sumadas a la falta de enemigos naturales, y provoca una rápida ocupación expansiva del territorio, amenazando la biodiversidad nativa; ahí pasa a ser una “invasora”. La globalización del comercio y el turismo, además del cambio climático que reduce la resistencia natural de los ecosistemas, no ayudan a disminuir el fenómeno.
“Muchas enfermedades están asociadas a ellas: el dengue, el cólera, y también enfermedades parasitarias como las que transmite el caracol africano gigante, en el Noreste”, acota Sergio Zalba, profesor del Departamento de Biología, Bioquímica y Farmacia de la Universidad Nacional del Sur.
Lorusso da ejemplos: “Las carpas se dispersaron por todo el territorio y tuvimos que duplicar la siembra de pejerrey. En el sur es donde más se ve este fenómeno de introducción de especies exóticas.” El alga didymo, la liebre europea, el estornino, el visón americano y la abeja africana completan una lista con final abierto.
“Por lo general, se toma conocimiento de la liberación de una especie que no es autóctona cuando ya está establecida, colonizando o expandiéndose –cuenta Claudio Bertonatti, asesor de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara–. Suele ser tarde para resolver el problema en su etapa menos compleja.” Algunas logran triunfar en la batalla cultural: el ciervo colorado tiene monumentos en Bariloche y en el lago Lácar, sitios donde no se homenajea al huemul o el pudú, autóctonas contra las que compite.
En el norte del país, un proyecto de control apunta a la rana toro, anuro nativo de América del Norte que domina 40 países de cuatro continentes, lo que le valió ser incluida por la Unión Internacional para la Naturaleza entre los 100 organismos exóticos invasores más perjudiciales del mundo. Aquí llegó en 1983 desde Brasil, a raíz de la fallida ranicultura. El problema es que se trata de un depredador con características dignas de protagonizar una película de Spielberg: adultos de gran tamaño, alto potencial reproductivo, resistencia al invierno, larvas que producen secreciones tóxicas, sin depredadores naturales fuera de su área de origen. La rana toro transmite patógenos que matan a otros anfibios y se alimenta de cualquier animal que sea menor a su talla.
El peligro rojo llegó a la localidad de Jáuregui (partido de Luján) en 1970, desde el sudeste asiático. Los primeros cinco ejemplares de ardilla de vientre rojo formaron una población silvestre que se expandió de forma natural hasta Córdoba y Santa Fe, ayudada por personas que la pensaron como mascota. Pero más allá de que su tenencia es ilegal, se equivocaron: estas ardillas muerden, no resisten el cautiverio y pueden transmitir enfermedades. Cuando sus desencantados dueños las liberan al medio silvestre, producen daños severos a los árboles; consumen flores, frutos y semillas afectando la reproducción de la flora autóctona; matan aves; causa daños en cultivos y sistemas de riego; y hasta destruyen cables de teléfono, luz y tevé. Ya están en condiciones de colonizar el Delta del Paraná.
Por fin, lo del Castor canadensis resultó ser tan invasivo en Tierra del Fuego que no sólo hay un proyecto binacional con Chile para controlarlo, hasta le dedicaron un documental, estrenado en junio: Castores, la invasión del fin del mundo. Apenas 20 llegaron desde Canadá a la Isla Grande en 1946, con fines peleteros, y se encontraron en un ambiente sin un controlador natural o depredador como en su tierra natal. Además, en sus primeros 35 años aquí, su caza estuvo prohibida. La colonia creció, colonizó canales, arroyos y ríos, cruzó el Estrecho de Magallanes y arribó a la península chilena Brunswick. Comen árboles históricos del Bosque Patagónico hasta tirarlos. Cambian los fluidos de las cuencas, producen inundaciones, eliminan especies. Actualmente son más de 150 mil, más que las personas, y se calcula que en un cuarto de siglo podrían llegar a Bariloche.
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